El eterno retorno a Marienbad

–¿Y a qué edad se casaron tus padres?

–A los diecinueve y a los veintiuno.

–Ah.. entonces se casaron dos veces. Una a los diecinueve y otra a los veintiuno.

–¡No! Ella tenía diecinueve y él veintiuno.

Estaba esperando a Sabina frente a la entrada de la Filmoteca, dando una última calada al cigarrillo que se deshacía en mis manos. Habíamos quedado allí para ver una reposición de El año pasado en Marienbad, (1961), de Alain Resnais, una película que a ambos nos fascinaba. Lo primero que pensé al escuchar aquella conversación fue la enorme estupidez que había demostrado el chico al interpretar erróneamente las palabras de su amiga. Pero luego, llevado probablemente por una evocación inconsciente de la película de Resnais, pensé que no era tan descabellado considerar que una pareja pudiera casarse dos veces con tan solo dos años de diferencia. A fin de cuentas, todos acabamos cometiendo el mismo error una y otra vez, como si todo aprendizaje no fuera más que otra manera de tantas que utilizamos para excusar nuestra propia estupidez y de ponerle un poco de azúcar a nuestras pequeñas tragedias diarias. En síntesis, una manera de justificar el tiempo perdido en sufrimientos estúpidos. Además, aquella idea de la repetición, del eterno retorno, es considerada por ciertas corrientes filosóficas como una de las escasas maneras que tenemos de escapar a la fugacidad, como si todas esas experiencias que consideramos prescindibles adquirieran, al repetirse, una dimensión más real y humana, algo de lo que tener miedo, como diría Kundera. En el primer capítulo de La insoportable levedad del ser, el autor checo habla sobre ese mito del eterno retorno y advierte de que las cosas que no se repiten acaban convertidas en “meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeras que una pluma, no dan miedo”.

Pero reduzcamos las cosas al absurdo. Imaginemos que sí, que los padres de esa chica se hubieran casado una segunda vez, y transcurridos tan solo dos años desde el primer intento. Al hacerlo, su primer matrimonio fracasado habría pasado a ser una anécdota de la juventud, un cúmulo de imágenes que pueden recuperarse incluso con cierta nostalgia. Es decir, la repetición sirve para dotar de sentido pleno a aquello que están haciendo. “Nos casamos una segunda vez porque ahora ya estamos preparados para querernos y hacer que las cosas funciones”, podría decirnos esa pareja de ilusos. Entonces, el primer matrimonio queda plenamente justificado, se transforma, a los ojos de la pareja, en una suerte de aprendizaje tan dulce como una tostada repleta de mantequilla y mermelada de frambuesa. Pero, ¿qué ocurre si el segundo intento acaba en otro fracaso? Pues ocurre que el error adquiere, ahora sí, toda la contundencia a que puede aspirar. Es decir, la repetición consigue darle consistencia. Lo sublima. La repetición otorga, en una dirección o en otra, un sentido a las cosas.

Hablemos de Resnais. Hablemos del protagonista de El año pasado en Marienbad, ese señor X que regresa al balneario checo para encontrarse con la mujer que había conocido allí mismo un año antes. Al verla, le pide que cumpla la promesa que le hizo entonces, que abandone a su marido para fugarse con él. Pero ella no recuerda nada, ni a él ni su promesa. Podemos interpretar que o bien ella lo ha olvidado todo, o bien él lo ha soñado. Y, lo que es aún más importante, creer que ambas posibilidades son incompatibles. Pero no es así, porque convergen en el mismo punto. Pueden significar lo mismo. El paso del tiempo, la persistente amenaza de la muerte, tienen el poder de hacer que convirtamos un sueño, o una ilusión, en un suceso tan real como nosotros mismos, al igual que transformar, en sentido contrario, la realidad en un sueño. ¿Qué es lo único que puede congraciar a esos dos enemigos que combaten ferozmente? ¿Qué puede hacer que realidad e ilusión se den la mano? La repetición. El eterno retorno. Que el señor X y la señora A vuelvan a repetirse una promesa de amor es su única manera de ganarle  tiempo a la muerte, transformando lo vivido, o lo imaginado, en una realidad incontestable.

Más o menos esto es lo que discutí con Sabina antes de entrar en el cine, mientras tomábamos una cerveza en el bar de la esquina. Luego, le pedí que se casara conmigo.