Algunas películas para nadar en ellas

–Estoy cruzando a nado el condado –dice ante nosotros, en la pantalla, un tipo fornido aunque sobrepasando sus cincuenta, embutido en un bañador corto que nos remite a la América de los clubs de campo, las ginebras y los max mello, al universo de los primeros relatos de Cheever o O’Hara. Si. Lo hemos reconocido enseguida. Nos despista el color pero no cabe lugar a dudas. El nadador, (1968) es Burt Lancaster, caminando con cuidado por el borde una piscina, dispuesto a lanzarse en cualquier momento sobre el agua clorosa. Tras un primer vistazo nos parece que conserva todo su esplendor, que ese cuerpo atlético es el mismo que se revolcaba con Deborah Kerr en las playas de Hawaii poco antes del bombardeo japonés, dejando que la espuma los abrazara. Pero luego, cuando al salir del agua la pareja de anfitriones ocasionales le aborda con franca conmiseración, percibimos en sus ojos cierto asomo de desconcierto, tal vez un profundo cansancio.

–Sentimos mucho que te hayan ido mal las cosas, Neddy –le dicen. Él no acaba de entender sus palabras. Se siente más poderoso que nunca, como un peregrino en ruta hacia otra de su grandes hazañas mientras el sol ilumina la belleza de todas las cosas. Pero un nuevo atisbo de desconcierto en su mirada nos hace retroceder al pasado. No podemos evitar pasar las hojas del calendario y trasladarnos a los salones de un Palacio de Palermo, donde ese mismo rostro llora la perdida de sí mismo. Si. Nos hemos dado cuenta. Se acerca más al ya viejo Príncipe de Salina, después de rechazar educadamente el flirteo que le propone una jovencísima Claudia Cardinale, que al sargento Milton Warden besando alegremente, en esa playa junto a la base de Pearl Harbour, a la desaprovechada esposa de su superior. Pero él aún no sabe que un día será Don Fabrizio, el Gatopardo, (1963), y por eso ha decido recorrer esas piscinas donde en otro tiempo era recibido casi como un héroe, como un paladín del ideal norteamericano, con una mujer y unas hijas a quienes llevar en su cartera repleta de billetes, alguna amante ocasional con quien afianzar su propia libertad, y esa carcajada socarrona, tan convencida de sí misma, que solía lucir en las mañanas de un verano que ya nunca volverá. Recorre el campo con el torso desnudo, vestido tan solo con ese bañador ahora pasado de moda y el fino velo que cubre su conciencia, demasiado orgullosa para entender que la vida ha pasado para él y que las piscinas en las que solía bañarse felizmente ya no son las mismas. O tal vez si lo sabe, o lo intuye, y es esa inoportuna revelación lo que le ha animado a recorrer ciertos lugares perdidos.

Contemplamos a su ex amante estirada en una hamaca, con una ginebra en la mano, y aunque nos parece hermosa echamos en falta la belleza distante e inaccesible de Anouk Aimée, o incluso de Mónica Vitti. ¿Quién quiere pensar en la sueca que bailaba dulcemente en la Fontana di Trevi, frente a la mirada codiciosa de Fellini, cuando puede hacerlo en ella, en Maddalena, el alter ego de Mastroianni en La dolce vita, (1960). ¿Quién puede olvidar esa expresión mortalmente bella que se forma en su rostro mientras le propone caprichosamente a Marcello que se case con ella, entre las ruinas de un castillo a las afueras de Roma, durante una de esas fiestas interminables en las que solía colarse el paparazzi más famoso de la historia del cine? Pero, claro, Maddalena no lo dice en serio. Le lleva cierta ventaja a Marcello en eso de mostrarse ligera y caprichosa, y por eso no reacciona ante el inopinado juramento de amor que le dedica él. La cámara la sigue mientras se aleja, y luego cuando se besa con otro hombre, y entonces recordamos la primera escena de la película, cuando contemplábamos a Maddalena en la habitación de una prostituta, estirada en su cama, esperando que Marcello la conviertiera definitivamente en eso que ella se ha resignado a ser, una prostituta amateur tan mortalmente bella como las ruinosas cámaras del castillo. Porque aquellas son tal vez las ruinas de dos vidas insípidas, ahogadas por una frivolidad insustancial y vaporosa que se manifiesta tan fugaz como la felicidad en una noche de fiesta.

¿Y Mónica Vitti? A ella la vemos tan distante y a la vez esplendorosa como Maddalena, y de nuevo atrapada por el cinismo caprichoso de Marcello en otra de esa fiestas que duran toda La noche (1961). Aunque , en este caso,  Marcelloque es el único nombre cinematográfico aceptable para él, aunque en esta fiesta lo llamen de otra manera– se muestra algo más desesperado. Acude a la fiesta acompañado de su esposa, una Jeanne Moreau bastante menos inquietante que en La novia vestía de negro (1967), pero no por ello menos inconmensurable (“… la mejor actriz de todos los tiempos”, decía de ella Orson Wells), y quien acaba de ser víctima de una epifanía: se ha dado cuenta de lo mucho que ha sobrevalorado a su marido. Qué mal lugar para que una pareja se desmorone irremediablemente, entre tanto seductor de medio pelo con clavel colgando en sus chaquetas y tanta mujer ávida de encuentros furtivos en el trastero. Así es como aparece Valentina, o Mónica, ya no nos importa cómo se llame. Y Marcello, como habríamos hecho nosotros, no puede evitar perseguirla hasta conseguir de ella ni que sea un beso, en una habitación casi a oscuras, frente a su esposa, en un intento por llenar el espacio que –intuye– ella quiere dejar vacío, o de recuperarla a través de los celos. Ni una cosa, ni la otra. Solo una pareja discutiendo inútilmente sobre una alfombra de hierba fresca –en una de las escenas más maravillosas de la historia del cine–, mientras la salida del sol ilumina no solo el final de otra noche, sino también de un amor que ha perdido el combate por puntos, cansado de ese platonismo tan temerario.

Cuando Burt sale de la piscina, a pulso, y comprueba cómo junto a su ex amante descansa el cuerpo de un hombre más joven que él, no puede evitar que la nostalgia haga mella en su ánimo. Ha creído que podría reencontrarse en la mirada de una ex amante, y solo ha conseguido extinguir el atisbo de dignidad que quedaba en el reflejo de aquellos ojos. Ojos vidriosos. Miradas exánimes. Como la que nos ofrece Sean Young al contemplar las fotografías de época que reposan sobre el piano frente al cual está sentada, mientras Harrison Ford dormita en un sofá del año 2019. La luz se filtra por las persianas para mostrarnos una irrealidad: en ese futuro improbable, la ciudad de Los Ángeles languidece a oscuras, entre coches de policía que se elevan por los cielos al compás de sus sirenas apocalípticas, y los lamentos de quienes se ven obligados a permanecer en una Tierra cuya Historia parece cercana a la extinción. La luz es por lo tanto un espejismo, un elemento cuya vida es tan ficticia como la de esa mujer que toca el piano, sin saber que nunca supo tocarlo, que es solo una cualidad más de las que la dotaron al ser creada en un laboratorio. Tal vez por eso Deckard la escoge a ella, porque al no ser humana no contiene aún todos sus vicios. Porque es en realidad más humana que él mismo, como tal vez lo hubiera sido Roy Batty antes –o sobre todo en el momento– de morir mientras decía aquellas últimas palabras. ¿Os acordáis? Sí. “All those moments will be lost in time, like tears in rain…”. Además, ya lo decía Gaff: it’s too sad she won’t live… but who does. Además, tal vez la repentina humanidad de Ford radicaba precisamente en que, sin saberlo, era otro replicante… but who knows.

Pero Burt sigue su trayecto, de piscina en piscina. Sabe que aún le quedan alguna horas para recuperarse a sí mismo, que tal vez en la próxima piscina le recibirán unos brazos abiertos. Tal vez los de alguna mujercita que aún no haya olvidado su antiguo esplendor. Tal vez los de una de aquellas chiquillas que, tantos años atrás, esperaban acurrucadas en la escalera de sus casas a verlo entrar por la puerta, enfundado en un smoking y con aquella sonrisa socarrona que tanto les encandilaba. Pero lo que le espera es una chiquilla reconvertida en mujercita, suficientemente mayor como para concederse un flirteo, para llenarse de ego con la tardía conquista de un amor platónico de la infancia, pero también suficientemente ingenua como para creer que todo puede quedar en eso, en un simple flirteo. Burt va con todo, intenta agasajarla, comérsela con esas palabras bonitas que tantas piscinas escucharon en su tiempo, recubiertas de cloro. Pero ya nada puede impedir que se hunda en la parte más honda de su vida, la que poco a poco lo está acercando a su último día.

Al otro lado, reunidos en el salón de un palacete mexicano, le esperan los de su ralea. Burgueses endomingados para quien la vida no es más que una sucesión de acontecimientos previsibles, de momentos repetidos hasta el infinito en una suerte de existencia banal e insípida. Han sido condenados por cierto El ángel exterminador (1962), a terminar sus días allí donde los empezaron, entre botellas de champagne y palabras almibaradas. Tal vez Marcello debiera estar allí, acompañada de sus inseparables Maddalena y Valentina. Y por qué no Burt, embutido en su bañador corto de los años cincuenta. Tal vez ellos agradecerían que su esplendor marchito quedara atrapado entre las paredes de una celda. Mientras tanto, Deckard y Rachel huyen hacia una vida que, ahí afuera, acurrucada bajo un cielo denso y metálico, parece algo improbable.

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