El vientre del arquitecto

El vientre del arquitecto (Peter Greenaway, 1987)

“… la cuna de la cúpula y el arco, la buena comida y los grandes ideales.” Con estas mismas palabras define a Roma el arquitecto Stourley Kracklite, el protagonista de este film, un prestigioso arquitecto norteamericano cuya obsesión por el equilibrio y simetría de las construcciones clásicas han llevado a la cità eterna para dirigir una exposición sobre Etienne Louis Boullée, célebre arquitecto visionario del neoclasicismo de quien se conserva una obra escasa, pero cuyo concepto racionalista de la arquitectura es utilizado por Greenaway para criticar las hieráticas construcciones de la era Mussolini. Soturley Kracklite, personaje interpretado por el monumental  –tanto en el plano físico como en el interpretativo–  Brian Denehy (Acorralado, Gorky Park), llega a Roma acompañado de su joven y esbelta esposa, y ya al poco de hacerlo, comienza a sentir unos terribles ardores de estómago que, mediante avanza la película, acaba achacando a la infidelidad de su esposa y a la supuesta manipulación que están haciendo de él los organizadores de la exposición.

En esa Roma que nos muestra Greenaway, suena aún el acelerado compás del Italo disco, las mujeres visten hombreras y los magnates que han aparecido de la nada siguen haciéndose a sí mismos. La democracia cristiana comienza a perder peso mientras algunos nostálgicos de la dictadura recelan ante el advenimiento del socialismo pragmático de Bettino Craxi. Es decir, que mantiene las intrigas palaciegas del primer imperio de Octavio pero ha perdido las ínsulas artísticas de Agripa, el político arquitecto creador del primer Panteón romano, cuya obra admiraba Boullée y que se lleva un enorme tributo con este film. Esos tres grandes atributos romanos que realza Stourley Kracklite no resultan gratuitos ni pretenciosos, ya que de alguna manera representan la consecución de esa perfección física y espiritual que el protagonista ha buscado toda su vida . Tal vez resulte discutible la perfección de su enorme vientre –cualidad a la que nos tiene acostumbrados Denehy–, a tenor de los estándares clásicos sobre la belleza humana, pero es la mejor manera que podía encontrar Greenaway de representar con contundencia –hablamos de un director que nunca se anda con sutilezas–  los delirios de grandeza que afectan a los que, alguna vez, creen haber alcanzado la perfección. Kracklite es tratado con cariño y condescendencia por su creador, pues no en vano representa el desmoronamiento de unos ideales demasiado elevados para soportar la mercantilización del arte. Pero le sirve también para criticar, a través de su retrato, la ciega soberbia que lleva a los avezados a los grandes ideales a no identificar el materialismo como una amenaza.  Un materialismo representado en esta película por  la familia Speckler, una saga de antihéroes cuyo verdadero objetivo es restaurar, con el dinero recaudado para la exposición de Kracklite, las obras arquitectónicas del fascismo. Uno podría decir que no existe materialismo en dicha finalidad, pues al igual que en el caso del Imperio romano, el fascismo ponía la arquitectura y el arte al servicio del ideario político. Pero es que en el caso de los Speckler no existe auténtica vinculación con el fascismo, sino con el dinero que los nostálgicos de la mano dura mussoliniana estaban dispuestos a poner sobre la mesa. En cualquier caso, la elección del fascismo como anti-idealismo es un capricho intelectual que debemos permitir al director y que no actúa en menoscabo de su última intención, a saber, la crítica a la mercantilización del arte y el papel fundamental del arquitecto como creador. Como podéis comprobar, no le falta trasfondo a esta magnífica película, aunque tal vez su ingrediente más destacable, el que mayores ulceras estomacales puede provocar al espectador, es la visión que ofrece de la infidelidad. Porque al ver como Kracklite se hunde cada vez más en la desconfianza, en su sospecha de estar siendo manipulado por sus enemigos –incluso envenenado, como lo fue Octavio Augusto–, su esposa opta por alejarse un hombre que representa, en ese mundo de finales de los ochenta, la más absoluta decadencia. Aquí tenemos una visión de la mujer caracterizada por su materialismo, o cuanto menos por la búsqueda de la seguridad en detrimento de los valores. Eso es lo que puede causar una verdadera ulcera. Comprobar cómo la sociedad, representada en esa mujer, se decanta por unos valores éticamente discutibles aunque firmes.

Greenaway concentra la cámara en su protagonista, decidido a mostrar la trágica evolución de un creador cuyos valores están siendo destruidos. Los planos fijos mediante los cuales nos muestra dicha evolución parecen seguir la trayectoria de una peonza, que va perdiendo equilibrio a medida que se mueve sobre sí misma. Las tomas que al principio nos mostraban una Roma fascinante –al menos desde el punto de vista arquitectónica– van adquiriendo, a medida que avanza el metraje, un cariz mucho más poético e hipnótico, ayudadas por la inquietante banda sonora –compuesta por el propio Greenaway–. Incluso se permite incluir alguna escena surrealista, con la intención de dotar al film del necesario metaforismo. En definitiva, una obra excelente.

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